Prumess – Episodio 1

Si en los recovecos del tiempo fuera posible descubrir un hecho que explique las cosas, su origen y verdad. Si uno pudiera, con una sola mirada, comprender el significado de cada apariencia. Si el hecho y la verdad tuvieran un vínculo o existiera una forma de reconocer qué hay detrás y cuál es la causa principal de todo.

Nada puede explicar todo el pasado, comprender las acciones que suceden hoy y determinar las consecuencias de mañana.

Si se da un tiempo y se busca en él, comprendamos cuánto hemos perdido.

Porque, si en el límite de las cosas, en el límite de todas las vidas, se presta la indulgencia y como haría una dulce madre que miente a su hijo, hagamos de la naturaleza un juguete en nuestras manos: puedes ir adelante cuanto quieras y luego ir más allá y aún más allá…

¡Pero quizás ya esté hecho!

¿Quién es la madre de todas las mentiras y el caos? No Pandora. No ella que lo da todo, derramó maldad y desesperación. No curiosidad inocente y no hambre de conocimiento.

La sed ilimitada de dominación…

Yo soy Prumess. Conoces mi nombre, pero no mi historia. No pretendo aferrarme a mis memorias, sin embargo, mis ojos reflejan un profundo vacío, en el que me sumerjo inconscientemente olvidándome del tiempo. Pero mientras disfruto los placeres, me atormentan los pecados. Solo dame una razón para no pensar en mí. Si es egoísmo quedarme con lo que me pertenece, prefiero pensar que mi virtud, fue mi mayor defecto, siendo mi defecto, mi mayor virtud. Quizás he perdido las causas de mis promesas, pero como consecuencia, he ganado una vida.

Una música como dibujada en el viento, entre las luces de la noche y el primer amanecer, resuena ligera y sinuosa.

El crujir de las hojas secas a cada paso y mi jadeo desenfrenado, destacan en el silencio de la noche. Largo es el camino y estoy agotada, mis pies desnudos y embarrados han perdido la sensibilidad de tanto caminar, y aunque estén destrozados no demoran mi paso, estoy ansiosa por descubrir de dónde provienen las luces.

Al final atravieso el campo de olivos y me topo con una especie de camino. Decido adentrarme cuando el destello de unas luces me deslumbra mientras se acercan a toda velocidad. ¿Qué es eso?, por escasos centímetros no me embiste. Sin tener idea alguna sobre lo que ese aparato móvil podría ser, me limito a seguir su trayectoria esperando a que me lleve a la civilización. 

Me toma cinco minutos darme cuenta que estoy en lo que parece ser un pequeño pueblo. ¿Dónde? Lo desconozco. Pero qué extraño y bello pueblo, donde quiera que dirija la la mirada veo infinidad de velas prendidas, ya sea en los balcones como en las ventanas de las viviendas, también a ambos lados de los caminos.

Parte de ellas apagadas y humeantes por el chispear de la lluvia. La situación me envuelve tanto que me sumerjo junto el aroma de la cera fundida y el calor que desprenden las mechas, pero mi breve momento de relajación se ve interrumpido cuando enfrente mía veo dos personas que conversan mientras caminan.

—¡Disculpen! Me he perdido, ¿podrían ayudarme? No sé donde estoy, ¡ayúdenme por favor! 

Pero no obtengo respuesta, de hecho ni siquiera se han percatado de mi presencia, incluso estando a pocos metros de distancia y expresándome casi a gritos. Preferían discutir sobre lo extraño que es que caigan unas cuantas gotas de agua en esta época del año, que prestar ayuda a esta pobre chica desamparada. ¡Mal educados!

Cautivada de nuevo por las velas, las utilizo como guía para que me lleven hasta otras personas, esperando que esta vez sean un poco más educadas.

Los estrechos caminos me conducen a una plaza donde se encuentra una gran concentración de personas que festejan con música mientras comen y beben.

Entusiasmada y sin pensarlo dos veces, me dirijo a una mujer de mediana edad que tengo más cerca y le suplico que me ayude. Pero la historia se repite. La desesperación se va apoderando de mí y empiezo a perder los modales, y como si fuese una abeja que recolecta la miel de flor en flor, me dirijo a cada una de las personas que tengo a mi alrededor, en busca de aunque sea una vulgar negación.

¿Por qué me ignora todo el mundo? La moral se me cae por los suelos, donde vasos de plástico, servilletas usadas y restos de cochinillo asado son pisoteados por los invitados de la fiesta. Y entre carcajadas y cánticos lo único que escucho en bucle es el ronroneo de mi estómago, que hambriento, no deja de emitir su sinfonía. 

Permito que el instinto hable por mi y me abalanzo a una de las mesas, donde el delicioso aroma del cochinillo asado se mezcla con el apestoso hedor a alcohol que desprenden las bocas de los comensales. Trato de coger uno de los trozos del cochinillo, pero mi mano atraviesa la carne como si fuese humo, no soy capaz de agarrar tan suculento manjar. ¿Qué me está pasando? Cada vez más la ansiedad va tomando protagonismo y los latidos de mi corazón aceleran su ritmo. Y es cuando unos niños que corretean felices me atraviesan el torso, caigo arrodillada y me desmayo en medio de la multitud incapaz de verme, tocarme y escucharme.

A la mañana siguiente, los fuertes rayos del sol y los húmedos lametones de un perro callejero me despiertan. Trato de incorporarme pero el perro me lo impide, tiene ganas de seguir jugando. Parece ser que los animales si pueden verme y sentirme, al menos no estoy sola del todo.

Las sobras de la fiesta y las velas ya consumidas es lo que queda de la noche anterior, sin olvidar el hambre y la sed imposibles de saciar. Pero por mucho que me cueste decido seguir caminando y dejar atrás el precioso pueblo de aspecto medieval.

Conforme voy alejándome del pueblo, veo un arroyo a lo lejos. Me viene estupendamente para darme un chapuzón, y lavar mi vestido ennegrecido. 

El agua está fría y la corriente es continua, parece que es potable pero cuando intento beberla al igual que la carne, me atraviesa. Por lo menos puedo lavarme como es debido, aunque mis pies no tardaran mucho en volverse a ensuciar. Decido seguir un camino asfaltado que encuentro a pocos metros del arroyo, sin saber hacia dónde me dirijo, con la esperanza de encontrar respuestas. Pensándolo mejor, puede que adaptarme sea la respuesta, nose cuanto tiempo estaré aquí, ni siquiera si volveré. 

Entre la flama del horizonte distingo unas siluetas y conforme me voy acercando, veo a una pareja con su hija pequeña. Al parecer se ha averiado el vehículo que usan para transportarse. Mientras el hombre trata de reparar los daños, me limito a observar como la madre juega a la pelota con su hija que están apartadas en el arcén. Me sacan una sonrisa. 

—¡Lucía estate quieta! —Gritó la madre dramáticamente.

Una fuerte rafaga de viento hace desviar la pelota a la carretera y la niña inocente como es de esperar a su edad, va tras ella sin pensarselo dos veces, arriesgándose a ser atropellada por un vehículo que se acerca a toda velocidad. 

Quedarme inmovil y mirar el espectáculo no es una opción aún, por lo que me abalanzó encima de la niña para agarrarla aunque sea en vano, pero a ojos cerrados, no soy capaz de mirar ante el fracaso.

Por fin abro los ojos y observo como el vehículo se aleja cada vez más, por suerte se ha quedado todo en un susto.

—No vuelvas a desobedecer a tu madre, nos hemos llevado un susto de muerte —dice el padre mientras me abraza con las manos grasientas de cambiar los neumáticos.

Un momento. 

¿Cómo puede estar abrazándome este hombre? ¿Dónde está la niña?

Veo como la madre alterada se acerca a mí, y junto con su marido me abraza con todas sus fuerzas. Qué instante tan placentero.

—Vamos a comernos un bocadillo mientras tu padre termina de reparar el coche, ¿te apetece? —me dice la madre con tono dulce y aliviado.

Perpleja me quedo al ver como la madre me coge de la mano. ¡Yo soy la niña!

Sin entender lo que acaba de pasar, mi mente se llena de conocimientos y recuerdos que nunca antes había experimentado, es la memoria de la niña. Al mismo tiempo me siento diferente, como si mi personalidad estuviera en desarrollo, como si volviera a ser una infante de nuevo. Sin duda estoy dentro de ella. 

—Toma tu bocadillo favorito, para que crezcas grande y fuerte —me dice la madre.

—Muchas gracias Rebecca —le respondo sorprendida por saber su nombre sin conocerla.

—No tienes porque agradecerme, soy tu madre —me dice mientras ríe al escuchar que la llamé por su nombre.

El bocadillo está delicioso y lo más sorprendente es que cada bocado que doy sacia cada vez más el hambre que sentía. No puedo parar de comer. ¡Me encanta!

—¡Listo chicas, vámonos! —dice el padre después de reparar el coche.

Sin saber que hacer o que va a pasar, me dejo llevar por la situación y Rebecca me coge en brazos  para meternos dentro del coche. Cada contacto físico me reconforta, me siento bien, ya no me siento como si fuese un fantasma que todo el mundo ignora.

El padre está a los mandos del vehículo, mientras yo estoy sentada con Rebecca en los asientos traseros, se me caen los párpados, estoy muy cansada. Todo lo que estoy viviendo desde que he llegado a este mundo es nuevo para mí, a ciegas me dirijo a ninguna parte, esperando a que suceda lo que desee el destino. Mis párpados ya no aguantan más, así que caigo rendida y me duermo sobre los muslos de Rebecca usandolos de almohada.

CONTINUARÁ…

PRUMESS

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