Prumess – Episodio 2

Esta mañana me he despertado descansada, entre finas sábanas con dulce olor a lavanda y sobre un morbido colchón. No recuerdo la última vez que dormí tan a gusto. A mi alrededor todo es de color rosa, las paredes, la cama, los muebles… y estoy rodeada por infinidad de juguetes, peluches y muñecas, sin duda es la habitación de Lúcia.

Me decido por explorar los rincones de la casa y es nada más cruzar la puerta de la habitación, cuando un delicioso aroma a café y tostadas penetra mis fosas nasales.

—Buenos días bella durmiente, ¿se te pegaron las sábanas? —me dice Rebecca sonriente mientras sirve el desayuno.

—Estaba muy cansada —respondo entre bostezos.

—¡Pues a reponer energías y directo a la ducha por que hoy nos vamos al zoológico! —exclama el padre con euforia.

El desayuno estaba exquisito, pero lo que más he disfrutado ha sido la ducha de agua caliente. De camino al zoológico, no puedo despegar el rostro de la ventanilla del coche, infinidad de edificios y rascacielos llaman mi atención y las personas parecen tener prisa, como si llegasen tarde a algún sitio. El tráfico en la carretera atrasa nuestra llegada y el padre de Lucia se estresa por minutos, contagiando también a Rebecca que le repite continuamente que debió haber tomado otra dirección. 

Al fin llegamos a nuestro destino y se libera toda tensión. Al parecer el zoológico acaba de abrir sus puertas y las personas impacientes saturan la entrada, y apelotonados como los pingüinos, es casi imposible avanzar.

Diversos ruidos de distintas especies de animales, se escuchan apenas entramos al recinto. Estoy encantada, dentro de una ciudad donde el hormigón es el protagonista, un mundo de naturaleza y fauna animal nos aguarda, ¡estoy ansiosa por descubrirlo!

Como en un cuento de hadas y criaturas mitológicas me creo encontrar, disfrutando como la niña que sin saberlo en su cuerpo me hospeda, compartiendo recuerdos, sentimientos y experiencias conmigo. Tal es la magia que llevo dentro, que distraída, colisiono contra un hombre de gran estatura que camina con su pareja en sentido contrario al mío, y como es de esperar en una niña que no pesa más de 20 kilos, el impacto aturde mis sentidos haciéndome caer al suelo. Entre disculpas y auxilios incorporan a la pequeña Lucía, pero a mi, me abandonan como basura arrojada en el pavimento.

—¡Lucía! —chillo una y otra vez.

Todavía postrada en el suelo, vuelvo a ser ignorada mientras observo a mi anfitrión alejarse por segundos, y lo que antes eran agradables cánticos y sonidos de animales, se transforman en desesperantes aullidos de auxilio. Ya no hay magia, esa inocencia infantil que sentía se quedó con Lucía, torna el drama en mis ojos, y arrodillada y cabizbaja, me tapo los oídos mientras mis lágrimas empapan el piso, el continuo sufrimiento de los animales me atormenta. ¡Basta, dejad de gritar!  No hay nada que pueda hacer por vosotros, yo misma necesito ayuda. 

Los breves minutos postrada en el suelo, parecen largas horas. Ayuda, ¿quien puede ayudarme?, me repito la misma pregunta varias veces. ¿El calor de una mano tendida dispuesta a levantarme es lo que necesito? Ilusa, pretender que los demás te cobijen te debilita, controlar lo que no está en tus manos te desgasta y ofrecer tu esencia te marchita. Dejo que mi juez interior domine mis pensamientos, el mismo juez que martillea mis sesos, pero también, el mismo que provoca mi orgullo y me hace levantarme del suelo y secarme las lágrimas. 

Con espiga en mano acariciando mis mejillas, aliviando mi sufrimiento, tú no me abandonas, tú me entiendes. Contigo camino, entre la gente que disfruta del confinamiento de los pobres animales, la felicidad que se alimenta de la crueldad, ¿ qué mundo es éste?. 

A medida que camino por este inhóspito lugar, vuelvo a encontrarme con la pequeña Lucía y sus padres, que están embobados observando una pantera a través de un cristal. Me acerco a la niña y la veo de cerca, tan inocente, llena de vitalidad y sin preocupaciones, volver a sentir tus emociones es lo que me gustaría, pero no puedo explicar el fenómeno de formar parte de tu alma, de poder hacerlo, volvería a enfocar con tus mismos ojos.

Volteo la cabeza y me sorprende la pantera tan inesperadamente, que incluso me desplazo un metro de la vitrina en la que esta se encuentra. Majestuoso animal de bello y oscuro pelaje sin manchas, noto como nuestras miradas se enlazan tan fuerte, que hasta puedo sentir su sufrimiento. Apoyo mi frente contra el cristal y cierro los ojos, mientras la pobre pantera trata de lamer mi frente. No me lo hagas más difícil. 

—¿Qué es lo que mira la pantera, papá? —pregunta Lucía curiosa.

—Dicen que los animales pueden ver fantasmas “ja ja ja” —responde el padre burlándose de la niña.

—¡No asustes a nuestra hija! —interviene Rebecca mientras golpea a su marido suavemente.

¿Fantasma? ¿A quién llama este hombre, fantasma? No soy un fantasma, y de serlo, le estaría atormentando todas las noches de su vida por vacilón.

Por un momento, olvido la incapacidad de sentir el contacto humano, y procuro acariciar la cabellera de la pequeña. Muchas gracias Lucía, te deseo toda la felicidad de este mundo, yo debo continuar mi camino.

Las despedidas no siempre son gratas, pero muchas veces son necesarias. Para zanjar una etapa de mi vida y continuar avanzando por el sendero de mi propia historia, que como consecuencia me hace evolucionar. Analizando los acontecimientos, está en mí y solo en mí, deliberar entre la positividad o negatividad de dicha evolución. Únicamente de esta manera, mis decisiones, tendrán su recompensa.

Tras una profunda reflexión me dirijo a la salida, no soporto un minuto más en este bárbaro lugar.

Mientras paseo sin rumbo por la ciudad, observo la gente ir y venir, todas tan parecidas y tan diferentes al mismo tiempo. Infinidad de negocios por donde mire y mercados de alimentos en cada vuelta de la esquina, me ponen los dientes largos. Intento desconectar de todo problema que mi cabeza crea, y me limito a bailar entre la muchedumbre, silbando melodías improvisadas, disfrutando de las imperfecciones de mi coreografía. 

¿Y si intento introducirme en el cuerpo de alguien? Controlar este fenómeno me ayudará a amenizar la estancia en este mundo. Al ritmo de mi tarareo, continúo la danza al mismo tiempo que procuro traspasar los cuerpos de los que se interponen en mi camino, voy tanteando individuos.

¡Curioso!, paso indiferente entre aquellos del sexo opuesto, pero conecto con una bellísima joven de cabello largo y suelto. De repente, la piel de gallina, la adrenalina en mis venas y los latidos de mi corazón en crescendo, el entusiasmo, vuelve a estar de mi lado. 

Me siento optimista, como si supiera con certeza que todo lo que me proponga me saliese bien. Hago caso al subconsciente y satisfacer el hambre es lo que me dispongo a hacer, por lo que la espontaneidad me maneja como si fuese una marioneta y me conduce al interior de un supermercado.  

Quedo asombrada por todos los alimentos que veo, dulces, fruta, cereales… la boca no cesa de salivar. No lo pienso, empiezo a atiborrarme de todo lo que pueda. La fruta deliciosa, y el chocolate, de los dioses. No me da tiempo a ingerir todo lo que tengo en la boca cuando:

—Espero que tenga dinero para pagar todo lo que maleducadamente se está comiendo señorita —argumenta el encargado de seguridad con prepotencia.

Como si fuese la estrella del espectáculo, aunque sin darme cuenta, llamo la atención de las personas que petrificadas no dan crédito a lo que ven.

—¿Dinero? — le pregunto al vigilante aún con la boca llena.

Por un instante, una parte de mí, reconoce que lo que estoy haciendo no está bien, pero mi otra parte, nubla mi sentido común, y me empuja a ignorar todo aquel que me observa a mi alrededor, y me hace esprintar hacia la salida del negocio.

No logro entender que me ha llevado a esto, los actos de rebeldía son impropios de mi. Pero, por primera vez me siento libre, la impulsividad y el no pensar en las consecuencias despiertan cierto bienestar en mi interior, haciéndome sonreír mientras escapo del vigilante, que a causa de su sobrepeso, es incapaz de seguirle el ritmo a una veinteañera temeraria. Corro sin parar hasta perderle de vista.

Ya fuera del acecho de mi rastreador, me escondo entre los callejones para recuperar el aliento, fatigada, me siento en el suelo para reposar. Sin esperarlo algo me molesta al sentarme, por lo que me hurgo los bolsillos traseros en busca del objeto culpable. 

¡Anda! Pues si que tengo dinero. De haber sabido que tenía estas monedas habría pagado los alimentos. No puedo evitar reirme por mi despiste cuando un “¡riiing, riiing!”, acompañado por una vibración, proviene del bolsillo delantero de mis jeans.

Se trata de un teléfono móvil, a pesar del número desconocido atiendo a la llamada.

—¿Dónde estás? Tenemos trabajo —manifiesta una voz ruda y grave.

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