Castañuelas – Episodio 5

—Abre las manos —sugiere determinante.

Y es, tras esas palabras, cuando Jack posa sobre mis palmas una castañuela compuesta por dos preciosas conchas. Patidifusa, dejo que el silencio hable por mí.

—…

—A veces, nos centramos tanto en mantenernos a cubierto, que nos olvidamos del esfuerzo que realizan las conchas que nos protegen —susurra Jack en la noche—. Con esta castañuela aprenderás a atenuar su agotadora labor, se merecen un respiro.

Desde ese preciso instante, empiezo a pensar en algo más allá de la simpleza que constituye el intercambio de palabras entre dos desconocidos. Quizás lo malinterprete, pero no puedo evitar que el altruismo indique mis movimientos, y me vuelque a querer investigar el interior del apuesto chico inglés, culpable por ser cómplice de sus palabras. Y entre el chasquido de nuestros tercios de cerveza y el crepitar de la leña, brindamos, rodeados por la oscuridad que envuelve al horizonte. Decido ceder las riendas al destino, que pase lo que tenga que pasar.

Me cuesta definir la sensación que mi corazón experimenta a medida que voy descubriendo lo que se esconde tras los ojos de Jack. Oh Jack, realmente no sabría elegir la más placentera de entre todas sus bellísimas cualidades, quizás su forma de expresar con pocas palabras, todo un mundo de sensaciones. O tal vez, su espíritu nómada, trotamundos de cabello suelto, siempre hambriento de conocer diversos parajes y playas en las que cabalgar sus olas. Una cosa sí tengo clara y es que la felicidad vuelve a brillar en mis ojos.

A la mañana siguiente, me siento relajada, un baño de sales minerales en la casa de Isabel fue la causa. Por lo que hoy las energías me bastan para afrontar el día, ¡clases de surf! Estoy en la misma playa, pero no he respetado el horario, he llegado diez minutos antes, ansiosa.

—¡Vaya, qué puntual! —exclama Jack sonriente.

—Es mi forma de respetar el tiempo de los demás —camuflo las ganas que tenía de verle.

—Y me gustan tus formas —afirma Jack—. Espero que estés preparada.

¡Le gustan mis formas! Contengo toda la euforia que me provoca escuchar sus halagos y con cierta timidez respondo a su suposición.

—Yo nací preparada.

He de reconocer que esperaba que este deporte fuera más sencillo, pero agradezco todo desequilibrio que me hace tropezar entre los brazos de Jack. A decir verdad, la mayoría de las veces tropiezo adrede, espero que no se note demasiado. Entre risas y miradas que se entrelazan deseosas, nuestros cuerpos semi desnudos y ahogados casi por completo en las aguas marinas, comienzan a invadir el espacio personal del contrario, interrumpiendo las lecciones de surf. 

—¡AAAHH! —grito intensamente.

—¡¿Qué te ocurre?! —pregunta Jack entre preocupaciones.

—Algo me ha picado en la pierna, me escuece mucho —me cuesta contener las lágrimas.

Con gran rapidez, Jack me posiciona sobre la tabla y como si se tratase de una camilla que flota en el mar, guía su trayectoria hasta la orilla, donde la abandona asolada, que es revolcada y golpeada por el romper de las olas. Pero a mí, me carga en brazos para llevarme a ser atendida, detalle que capta mi atención al percatarme que me antepone a su fanatismo por el surf. 

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— No ha sido nada, solo te ha picado una medusa —Aclara Jack mientras con leves movimientos unta pomada sobre la roncha.

—Escuece bastante para no ser nada —aprieto los dientes.

—Pues eres muy afortunada, en varias culturas las medusas tienen una simbología muy positiva, y es bastante extraño que te hayas cruzado con una, no es temporada de medusas.

—¿Y que se supone que simboliza? —me impacienta conocer dicha incógnita..

—Que las cosas están mejorando, te acompaña la buena suerte —risueño—. Solo tienes que confiar en tu corazón y dejarte llevar con la corriente, ¡permítete brillar!

Sus profundas palabras y su forma de percibir el mundo vuelven a cautivarme, empiezo a sentirme dependiente de su labia, pero mi orgullo impide expresar mis necesidades, sería egoísta por mi parte. El apego que siento hacia él, me hace actuar desde lo más profundo de mi supuesta alma y me entrego a conciencia, aunque reconociendo en mi interior que espero recibir lo mismo a cambio. Incluso recibiendolo de antemano, que terca soy.

—¿Puedo invitarte a comer? —Propone Jack

Sin más preámbulo, mi respuesta es obvia, deseo rotundamente seguir averiguando más sobre él.   

Paseando por el litoral, nos cuesta decidir dónde sentarnos a almorzar, de todos los restaurantes de la zona, sale un apetitoso aroma a pescado frito. Pero no me importaría en absoluto aplazar la comida con tal de seguir caminando a su lado, siempre pendiente a las agujas del reloj para tratar de que las horas pasen lo más lentas posible. Cuanto me encantaría poder controlar el tiempo y detenerlo a placer. Solo faltaría que nos cogiéramos de la mano, pero sería muy precipitado.

Jack continúa caminando sin darse cuenta de que yo me detengo al ver una pobre anciana sintecho, con la ropa sucia y pidiendo limosna en la acera de enfrente. Por un momento mi consciencia se separa de la de Isabel, y como Prumess, me veo reflejada en esa pobre mujer. Empatizo con sus emociones, ignorada por todos los que pasan por su lado, sin ni siquiera ser digna de una simple mirada, sé lo que se siente. Por más que intento buscar el por qué de ciertas cosas que suceden en este mundo, no consigo darles respuesta. ¿Será obra del destino? Destino cruel. O puede que las personas mismas, se dejen avasallar por las distintas adversidades que ocurren en sus vidas llegando hasta olvidarse de ellas mismas. Una triste y difícil incógnita por resolver. Desde que descubrí que puedo introducirme dentro de los cuerpos, me empiezo a dar cuenta que cada persona es un universo amplio y muy complejo, con sus estrellas y constelaciones, pero también, con sus agujeros negros.

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Veo como Jack, se acerca a la pobre anciana, saca unas monedas de su bolsillo y las introduce dentro del recipiente que esta sujeta. 

—Desgraciadamente, no todas las personas son capaces de llegar a la conclusión de que los recuerdos, o sucesos del pasado, no definen lo que somos en el 

presente —argumenta Jack mientras me coge de la mano.

Ya sentados en la mesa del restaurante, comemos y bebemos vino, mientras reímos y charlamos sobre todo tipo de argumentos. Me gustaría que este momento no se acabara nunca. 

—Tengo que decirte una cosa Isabel —la seriedad representada en su rostro.

—¿De qué se trata? —pregunto temiendo lo peor.

—Mañana debo partir a Londres por trabajo, me dedico a la abogacía y están por concluir mis vacaciones.

Me lo temía. De repente el silencio hace presencia, y por primera vez las palabras que salen por la boca de Jack no me agradan para nada. Pero no decaigo, y analizo los recuerdos que atormentan a Isabel, una fisioterapeuta insatisfecha con su vida, cuyo corazón pisoteado es incapaz de latir por sí solo. Solo el sentimiento de sentirse amada por alguien puede ayudar a realizar cambios notables en su vida. Y yo tampoco quiero separarme de Jack.

—¡Déjame ir contigo! —alzo el tono.

—Nada me haría más feliz —afirma Jack.

Sinceramente no doy crédito a lo que estoy apunto de hacer, sobre todo al simple hecho de confiarme tanto a una persona sin saber si el paso que voy a dar será en falso, o puede que esté caminando sobre arenas movedizas en las que será muy difícil salir de ellas. Pero me da igual, ¿qué puedo perder?. Maletas preparadas y listas para emprender el viaje en camper.

Durante el viaje, los kilómetros en carretera nos permiten entablar largas conversaciones, dándonos la oportunidad de abrir nuestros corazones, y tras varias horas de conducción, es momento de parar a descansar y a pasar la noche. Y sobre una colina rodeada por hermosos árboles, donde la luna es la única fuente luminosa y tras un saciable picnic, el calor de la noche veraniega, nos invita a dormir sobre un futón bajo las estrellas. El grillar de los grillos y el estridular de las cigarras se ponen de acuerdo para formar melodías entre el silencio de la oscuridad, sustituyendo toda palabra innecesaria que pueda salir de nuestras bocas. 

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Nuestros labios buscan encontrarse como polos opuestos y nuestros cuerpos crean excusas para rozarse al mismo tiempo que nuestra ropa desliza por nuestras pieles. El frenesí evade todo intento de fluir con delicadeza, y las ganas derrumban todo tipo de escollo mental que se interponga entre nosotros y la lujuria, creando vorágines de pasión intensa, placer de los placeres. Algunas imperfecciones y cicatrices de su piel me llevan a pensar en la perfección de la vida misma, la forma de regenerar lo que antes se rompió, perfectas imperfecciones. Y es que solo entre sus brazos me siento realmente viva y consigo dormir sin preocupaciones. Creo que me estoy enamorando.

El cantar de los pájaros y el sol resplandeciente es lo único bello esta mañana, mis sentimientos y emociones vuelven a mostrar el lado oscuro de la vida.

—¡¿Dónde estás Jack?! —hasta gastar mi voz.

No hay rastro de Jack ni de Isabel, por alguna razón he sido expulsada de su cuerpo, vuelve el miedo, la ira, la rabia, vuelvo al punto de partida. Como una niña, me acurruco entre la hierba en posición fetal, mientras llorando maldigo al destino, lo que me da, me lo quita, burlándose de mí y divirtiéndose a su antojo. Maldito destino. La única fuerza que me queda es para levantarme e ir en busca de Jack. 

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