Prumess – Episodio 8

Uno, dos, tres, cuatro, cinco,… continuo coleccionando experiencias, veinticinco… treinta y uno…

Incluso mi despiste pone en jaque la exactitud de las matemáticas al perder la cuenta de todas las lecciones que me imparten las experiencias vividas. Y  sólo si somos capaces de mantener la respiración durante unos minutos y bucear a ojos abiertos, nos daremos cuenta de lo grande que es la cara oculta del iceberg, a veces nos dejamos guiar por lo que vemos, pasando por alto que lo que vemos es a veces, fácilmente moldeable.

Y como si fuese la protagonista de un videojuego, me limito a vivir cada historia con la esperanza de subir de nivel, y comprendiendo que volver al punto de partida solo hace retrasar lo inevitable, llegar a mi objetivo con más fuerza. Sentada en el banco de un precioso parque me encuentro, donde migas de pan son el menú principal de los patos y cisnes de largos cuellos que navegan sobre aguas estancadas.

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Una fuerte oleada de viento me hace voltear mi rostro dándole la espalda a la brisa, fijandome en el riesgo que corre una mujer que apunto está de caerse al estanque, me abalanzo a socorrerla y evitarle el chapuzón. 

Ruin y desquiciada no obstante la batalla campal se simplifica en mi sola contra el mundo, en cada esquina hay ojos que me acechan como una presa fácil de derrotar. Ahogo mis pensamientos en mi materia gris, mientras pasos incesantes se oyen como a centímetros, ¡plaf, plaf! Uno tras otro sin parar. 

—¿Quién anda ahí? —volteo bruscamente.

—Disculpe señora no era mi intención asustarla —afirma un hombre que caminaba por la zona.

—¿Quien eres? ¿qué quieres de mí? ¿por qué me persigues? —huyo de la escena.

Mi viejo amigo, el pánico y yo volvemos a encontrarlo, ¿donde estabas?, tú estás con ellos a mi no me engañas, te has aliado con el enemigo y les quieres vender mi alma, miserable. 

Varios intentos fallidos por encontrar la razón por la cual todo el mundo me observa y me persigue, esa razón desconocida por la que quieren verme envuelta en la miseria.

Pero no me dejará avasallar, mi superioridad les atormenta, no soportan que sea mejor que ellos. Como en un barco que no tiene rumbo me siento flotar a la deriva, escuchando el eco de unas voces que parecen ser cantos provenientes de sirenas, pero las ignoro. No entiendo muy bien lo que me quieren decir, pero seguro que no se trata de nada bueno.

Mientras mantengo el rumbo, vuelvo a escuchar los pasos, y las voces se escuchan con más claridad.

—¿ A dónde vas? —pregunta la voz.

— A donde no te importa —contesto mientras con un vulgar gesto trato de alejar aquellas voces.

Mientras, observo a las personas que alivian sus picores faciales tratando de decir algo, cada paso que doy me doy más cuenta que todos forman parte de un plan, un plan para manipularme y usarme a su antojo, comunicándose por señas, rascándose las orejas y las narices, mejillas y barbillas. Cada gesto tiene su significado, pero no consigo descifrarlo me frustra no saber qué quieren decir. Pero intuyo que nada bueno, y refiriéndose a mi persona. 

— No sé por qué sigues con esto —continúan las voces.

— Deberías rendirte.

Tan solo durante unos instantes mi mente se despega de la de mi acompañante, permitiendo juzgar los hechos desde fuera, pero, no hay hechos. Aquellas voces, visiones y delirios no son más que obras creadas por la propia mente, pero con un poder de convicción brutal sobre Pamela, y también sobre mí. Estos pequeños intervalos de lucidez van y vienen como por arte de magia reiniciando el sistema y olvidando todos los tormentos que causa la mente, pero pocos son los minutos de plena autogestión de mis pensamientos que aquellos delirios vuelven inmediatamente a apoderarse de mi mente, haciéndome olvidar completamente el haber entendido que lo que pasa a mi alrededor no es real.

Y olvido tras olvido, voy pasando los días sin poder salir de este cuerpo, los delirios actúan en contra de mi voluntad y mi mente parece tener otra dueña. Durante las noches es difícil pegar ojo, las voces no respetan los horarios y los aparatos electrónicos y los electrodomésticos parecen estar jaqueados, siento como desprenden ondas electromagnéticas para lesionar mis músculos y huesos. El isolamiento es mi protección no puedo fiarme de nadie, y mientras como techo, me doy cuenta que durante mi ausencia alguien se a ha permitido irrumpir en mi humilde morada y escribir de manera poco precisa lo que parece ser una amenaza de suicidio.

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Solo los que tratan de joderme dirán que son unas simples grietas causadas por la humedad. Eso es lo que quieren pero no les daré el placer de quitarme la vida.

— ¿Lo habéis oído? —grito desde la ventana— ¡No os daré el placer de suicidarme, hijos de puta!

A la mañana siguiente, me despierto como si los síntomas de una anestesia estuvieran comenzando a cesar, como si por la noche me hubieran sedado, me duele el cuerpo y me siento mancillada. Me temo que han abusado de mí durante la noche. Una mezcla de ira y frustración me incita a levantarme de la cama y descalza recorro los pasillos del edificio, llamando de puerta en puerta a mis vecinos y así buscar una explicación. Entre los que se encuentran en sus viviendas y me abren la puerta la mayoría no da crédito a lo que escuchan salir de mi boca, y asustados llaman a la policía, pero el comportamiento de unos pocos llama mi atención, y es cuando me percato que vivo junto con algunos que tratan de hundirme. Sin duda unos de mis vecinos han mandado a alguien a violarme mientras dormía, ellos saben donde vivo. 

No pasa mucho tiempo hasta que la policía viene a tomarme declaración de lo sucedido y a investigar por si encuentran alguna pista.

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—No hay indicios de forcejeo en el cerrojo y usted vive en un quinto casi imposible de acceder por la ventana —argumenta el agente.

—¿Pero como no van a ver indicios? —pregunto indignada— hoy en día con los teléfonos móviles son capaces de abrir puertas y hackear llamadas, ¿miren lo que me han escrito en el techo?

—Señora, eso no son más que grietas en la pintura causadas por la humedad de la habitación. Debería dejar que un médico le examine. 

—¡Ustedes son los que están enfermos que no son capaces de abrir los ojos y ver lo que ocurre!

Sin poder creerlo, incluso las autoridades están en mi contra, estoy rodeada de todos aquellos compinchados en arruinar mi vida. Sin más preámbulo invito a los agentes a abandonar mi casa, hecho el cerrojo y me acurruco en el sofá mientras me enciendo un cigarrillo. Mientras siento cómo me ahogo en un mar de “¿Por qué?”, las voces vuelven para burlarse de mí.

—No eres más que una fracasada, avergüénzate —Se repite en bucle.

De repente un pequeño lapsus debilita la tensión de los dedos dejando caer el cigarrillo, que aún encendido, se posa sobre mi muslo desnudo el tiempo suficiente para que el arder del tabaco me haga brincar inesperadamente. Vuelve la lucidez, ¿que me pasa?, las lágrimas hacen cola para deslizarse por mis mejillas mientras observo a mi alrededor el apartamento patas arriba, como si no lo hubiesen limpiado en mucho tiempo, nose como salir de este cuerpo.

Lo bueno dura poco, y las voces vuelven a atormentarme.

—¡Dejadme en paz! —me altero por segundos.

Un ataque de ira me obliga a incorporarme del sofá en el que trataba de relajarme, y mientras las voces continúan castigandome cada vez más violentas, presa del pánico trato de escapar de la habitación, pero las voces me acorralan en la terraza. El miedo invade mi cuerpo y me hace retroceder más y más, estoy acabada, los pasos se limitan y me tropiezo, perdiendo el equilibrio y precipitándome desde el balcón de un quinto piso. 

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Mi cuerpo entra en shock mientras sin nisiquiera poder gritar observo como a cámara lenta el asfalto se acerca cada vez más y… los gritos de un joven que llama a la ambulancia me despiertan de la oscuridad. Trato de incorporarme pero la escena que se encuentra entre mis manos apoyadas sobre el asfalto ensangrentado, paraliza el intento de ponerme en pie. Mis gritos ignorados por los espectadores no sirven para otra cosa que no sea desfogar, y con prisas me alejo de la masacre. 

Parece que en este mundo no paran de ocurrir desgracias que se turnan con los buenos momentos para crear una especie de equilibrio difícil de comprender, al igual que  difícil de cambiar. Por esta razón continúo viviendo tratando de superar todos los niveles y llegar a mi objetivo, ser fuerte y felíz. ¿Cuál será el siguiente nivel del juego?

Ni idea, pero pase lo que pase, no me hundirá.

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